¿Cómo Fernando de Szyszlo se convirtió en el maestro Szyszlo?
Yo estudiaba arquitectura en la Universidad Nacional de Ingeniería, y para mejorar mi dibujo me metí en un curso nocturno que había en la Escuela de Arte de la Universidad Católica. El día que dibujé por primera vez fue una revelación; mi camino a Damasco, como se dice. Entré a la universidad con dos amigos y ninguno tenía dinero para pagarla. Entonces el profesor Winternitz se dio cuenta de eso y nosotros, sin solicitarlo, no pagamos nada por toda la instrucción. Eso es muy importante. La universidad tiene que impedir que la falta de dinero cierre puertas, porque la idea es abrirlas para todos.
¿Qué fue lo más valioso que le enseñó el profesor Winternitz?
El profesor Adolfo Winternitz, más que enseñarme a pintar, me ayudó a descubrir todas las sensaciones que tenía adentro. Enseñar a pintar es muy difícil; lo que tiene que hacer un profesor es abrir puertas para que el alumno encuentre cuál es su camino. Lo que no es común es que el profesor abra puertas interiores. Aprendí que la pintura no es una profesión, sino una manera de vivir; que el artista es una persona que busca la verdad. Con la docencia encontré alumnos que tenían talento, pero descubrí además una cosa fundamental: que el talento es la compulsión, la necesidad de crear. Esto hace que 60 años después siga tratando de encontrar esa verdad que todavía se me escapa.
¿Cómo era la Escuela de Arte en esa época?
Era muy chiquita. En total había unos doce alumnos, de los cuales ocho o nueve eran mujeres y el resto éramos hombres. Cuando me matriculé fuimos Jorge Piqueras, José Bresiani y yo. Los tres entramos juntos. Luego Piqueras hizo una carrera, se fue a Europa, vivió largos años ahí y regresó hace poco. Bresiani, que era mi amigo de la infancia, hizo una carrera de pintor hasta que descubrió en París que lo que le interesaba realmente era la biología. Se fue con una enamorada danesa a su país y se matriculó en la universidad; se especializó en biología marina y se jubiló en Dinamarca.
¿Cómo era usted en la universidad?
Era dedicado. Me lo tomaba muy en serio, pero al mismo tiempo, con mi grupo, queríamos cambiar el arte peruano. Era una generación especial. Estaba Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren, Blanca Valera, Enrique Pinilla, Celso Garrido Lecca… La enseñanza en la Escuela de Arte estaba inclinada hacia un post impresionismo, pero a mí me interesaba Picasso. Yo hacía todo como me lo decían en la Escuela, pero en mi casa pintaba cuadros cubistas. La Escuela me enseñaba a hablar, y lo que yo vivía me revelaba lo que quería decir.
¿Cómo pasó de ser un pintor en París a un profesor en la Universidad Católica?
Luego de salir de la Escuela de Arte me fui a París durante seis años, y cuando regresé el profesor Winternitz me invitó a enseñar. Nunca tuve una gran vocación de maestro, pero sí tenía sentido de responsabilidad y me parecía que lo que había aprendido en París era necesario transmitirlo. Pero lo que iban a ser unos cuantos años terminaron siendo dos décadas. Conforme pasaba el tiempo, lo único que quería era pintar, pero no sabía cómo irme de la Universidad, porque se van creando vínculos. Uno piensa que esta generación es la última a la que le va a enseñar, pero ya está la otra esperando y contando con que uno la va a seguir ayudando a formarse.
¿Qué anécdota recuerda de sus años de enseñanza?
Una vez en la Escuela organizaron una reunión por el Día del Maestro y una alumna, guapísima, que ahora vive en Nueva Zelanda, me pidió bailar una pieza, un rock and roll. Le dije que gracias, pero que no bailaba eso, así que se fue a poner el Danubio Azul. “Tampoco bailo eso”, le dije. Entonces ella me preguntó qué bailaba, y le respondí que un bolerito.
¿Y le puso el bolero?
Puso el bolero y bailamos.
¿Qué significa la Universidad Católica para usted?
Es el lugar donde descubrí ese contenido ignorado que tenía dentro. Estando en la Católica eso se me reveló, se afirmó y me encaminó.
Crédito de foto: Mayu Mohanna |